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Sábado, 13 de agosto de 2005
"LAS POLITICAS DE VIDA EN LA MODERNIDAD RADICAL"
Introducción
En los últimos años ha surgido un amplio y persistente interés por discutir en torno a lo que se tiende a señalar como uno de los sucesos políticos cardinales en este fin de siglo, a saber, el problema de la perdida de autoridad de las instituciones centrales, especialmente del sistema político. Este fenómeno es persistentemente presentado por los especialistas, en términos clave, tales como la falta de gobierno, declive de la credibilidad, perdida de legitimidad, etc.
En este contexto surge un duro debate, que atraviesa todos los campos del conocimiento social, interesado en señalar causalidades del fenómeno. Dentro de estas disputas, que no son sino disputas por la representación legítima del mundo social (Bourdieu, 1989), podemos ver el resurgimiento de corrientes de pensamiento que parecían haber desaparecido desde los primeros años de la posguerra, tal es el caso del resurgimiento del neocontractualismo (Nozich, Rawls, Buchanan) (Vanberg, V. y Wippler,R.,1991), y otra corriente neoliberal, tambien llamada por algunos pensadores "neoconservadora" (Habermas, 1993) que nace originalmente en Norteamérica, (Robert Bellah, Daniel Bell, entre otros), y que después se expande a varias partes del mundo, principalmente a Alemania y Francia.
No pretendemos hacer una discusión teórica exhaustiva en torno a propuestas y contrapropuestas que se desprenden de estos debates, solo quisiéramos dejar anotado que tales corriente tienen como común denominador el señalar diagnósticos de manera monocausalísta y reduccionista. Así, es menester anotar que los neocontractualistas reducen la dimensión crítica al desprestigio en que han caído las instituciones, principalmente los partidos políticos, debido al "tono demagógico" del discurso que las caracteriza en la actualidad; mientras que los nuevos liberales norteamericanos señalan como determinante fundamental una crisis cultural derivada de ciertas contradicciones inherentes en la lógica del capital, como lo muestra la cultura hedonista internalizada por los sujetos en este fin de siglo.
En contraste con estas posturas, creemos que un análisis de este tipo debe hacerse mediante enfoques novedosos y mas abarcadores, multidimensionales. En este sentido los análisis que hace Anthony Giddens de la modernidad radical y sus efectos sobre las identidades del "yo" y el cuerpo pueden servirnos de referente para tratar de explicarnos estos fenómenos. De esta manera creemos que la falta de legitimidad debemos buscarla en el surgimiento de nuevas formas de vida y nuevos movimientos sociales que reivindican el yo y el control del cuerpo como consecuencia de la eclosión de los relatos emancipatorios modernos y la aparición, según lo muestra Giddens, de políticas de vida en esta modernidad radicalizada.
En torno al significado de la crisis de legitimidad de las instituciones
Aclaro que cuando nos referimos a la palabra "legitimidad de las instituciones", nos estamos refiriendo, sin lugar a dudas a las instituciones políticas modernas, pues siguiendo a Habermas, de legitimidad se habla cuando se está refiriendo a ordenes políticos modernos. Solo los ordenes políticos pueden tener y perder legitimidad y solo ellos requieren legitimación. Las corporaciones transnacionales y el mercado no son susceptibles de legitimación. Esto vale tambien, dice Habermas, para las sociedades preestatales ya que estas conservan mitos que les aseguran, al interpretar el mundo natural y social, la pertenencia al grupo y aseguran de este modo una identidad colectiva, pero tales casos, las imágenes míticas del mundo, ostentan un significado mas propiamente constitutivo que legítimamente a posteriori (Habermas, 1986). Esto es, sólo el Estado moderno, en tanto responsable del orden social, necesita legitimarse mediante la búsqueda de un consenso.
El concepto de legitimidad que aquí compartimos pertenece tambien al arsenal teórico Habermasiano.
Por legitimidad entiendo el hecho de que un orden político es merecedor de reconocimiento. La pretensión de legitimidad hace referencia a la garantía -en el plano de la integración social- de una identidad social determinada por vías normativas. Las legitimaciones sirven para hacer efectiva esa pretensión; esto es: para mostrar cómo y por que las instituciones existentes (o recomendadas) son adecuadas para emplear el poder político en forma tal que lleguen a realizarse los valores constitutivos de la identidad de la sociedad. (Habermas,1986. P. 249)
Ahora, el que las legitimaciones sean convincentes o que la gente crea en ellas es algo que depende principalmente de motivos empíricos; esto es, de un nivel de justificación exigido. Este nivel de justificación estaba basado en los preceptos de razón universalista prevalecientes en los inicios de la modernidad, mismos que Lyotard llama metarrelatos y que se basan en enunciados con valor de verdad universal y que fundamentan su existencia en base a la persecución de un "buen fin" épico-político. Dichos enunciados metanarrativos fueron producto del siglo de las luces y son las que dan fundamentación a las instituciones que emergen de la modernidad tales como el Estado, la Empresa, la Ciencia, etc; y todos esos entes a los que hay que escribir con mayúscula (Lyotard,1993).
El desfase o desgaste de ese nivel de justificación en base a ese concepto de razón es lo que hoy llamamos crisis de las instituciones. El porqué de este desfase es lo que nos toca discernir, pero antes es necesario plantear las hipótesis mas corrientes en torno a tal cuestión.
Hipótesis en torno al contenido de la "crisis institucional"
A mi modo de ver existen dos corrientes analíticas dominantes que pretenden entender la causa de la crisis de las instituciones modernas. Una hace énfasis en los motivos culturales, particularmente la ética hedonista impulsada por el modernismo cultural, y otra en motivos políticos que arguyen problemas de representatividad parlamentaria.
Con respecto de los que defienden la primera visión podemos mencionar un movimiento intelectual norteamericano compuesto por una serie de sociólogos muy reconocidos, entre los que destacan Daniel Bell, Peter Berger, Robert Nisbet, entre otros, y que surgen durante los años de la posguerra como oposición al comunismo Stalinista y al Estado de bienestar populista; por lo que entonces su defensa política se definía como liberal.
Pues bien, la explicación que estos teóricos argüían para explicar la llamada crisis de legitimidad comienza señalando una inflación de las expectativas y demandas, aumentadas por los partidos políticos en competencia, los medios de comunicación y los intereses pluralistas. Según su punto de vista, esta presión de las expectativas populares hacen explotar las actividades del Estado; como consecuencia, los instrumentos de gobierno de la administración se sobrecargan. Esta sobrecarga conduce, a su vez, a una perdida de legitimidad especialmente cuando las posibilidades de la actividad del Estado se limitan por medio de los bloques de poder parlamentario y cuando los ciudadanos culpan al gobierno por las pérdidas económicas tangibles. Se piensa además que este peligro va en aumento, cuanto mas dependa la lealtad de la población de las compensaciones materiales. En este sentido es como se explica para ellos la crisis de legitimidad, pues, como dijimos, el estado paternalista eleva el nivel de las expectativas de los ciudadanos en la medida en que se encuentra en constante intervención en la esfera económica, y al proceder de tal manera los ciudadanos tienden a responsabilizarlo de los desastres que se originan en la esfera de lo económico restándole con ello credibilidad* .
A lo anterior es necesario añadirle lo que consideran mas importante y que presentan como un desbordamiento entre cultura y sociedad, es decir, una tensión permanente entre la sociedad moderna, que depende de una racionalidad económico-administrativa, y una cultura modernista que, al estimular el desarrollo de una moral hedonista, contribuye al socavamiento de la racionalidad moderna capitalista. La contradicción reside entonces en que los modos de vida bohemios propios del modernismo cultural evocan actitudes subversivas que contrastan con la voluntad disciplinada y obediente que se requiere para lograr una economía eficiente y una administración estatal racional (Bell,1989). Así, la atención se centra en los modos de vida molestamente indisciplinados que surgen de la estética modernista, tales como los grupos de jóvenes que se identifican con la cultura pop, los punks, etc.
La serie de propuestas que se desprenden de tales diagnósticos son, por un lado separar la actividad del Estado de la administración económica, y por otro recuperar la antigua ética disciplinada y ascética que estimuló al capitalismo desde sus orígenes.
La segunda vertiente analítica que pretende dar cuenta de la pérdida de legitimidad de las instituciones hace énfasis en los problemas de representatividad que los partidos han provocado, es decir, un problema que emerge de la esfera autónoma de la política. Para ellos la crisis de legitimidad es exclusiva de los partidos, misma que ven como uno de los sucesos políticos cardinales de fin de siglo.
Bajo su óptica, los partidos han sido rebasados en buena medida por el vertiginoso desarrollo que experimentan las sociedades actuales, ya que estos han sido demasiado lentos para adaptarse a tantos y tan profundos cambios (Michels:1982, Von Beyme:1986).
En efecto, el principal problema de las instituciones, continúan, en especial de los partidos, es el de la representatividad. Así, los nuevos electores al no sentirse identificados con las instituciones partidarias existentes optan por vías de lo que ellos llaman "antipolítica", llámense ecologístas, pacifistas, humanistas, etc., o que simplemente opten por la abstención de cualquier participación política y el refugio irresponsable en su mundo privado, dicen ellos.
Bajo tal diagnostico, el causante principal de la crisis de legitimidad recae en la ineficacia de las burocracias partidistas y estatales, y ante ello se añade como propuesta la democratización de las estructuras internas de los partidos. La única alternativa que tienen para asegurar legitimidad y sobrevivir, es su transformación estructural, dejando de ser andamiajes rígidos y burocratizados para convertirse en organismos dinámicos marcados por la desideologización y la descentralización de las decisiones.
Crisis de las instituciones como reflejo de la modernidad radicalizada
Diferente de los precedentes diagnósticos, nosotros concebimos dicha crisis como reflejo de un fenómeno mucho mas amplio y que ha sido motivo de interminables controversias en las reflexiones sociológicas y filosóficas en los últimos años. Nos referimos a la llamada crisis de la modernidad.
Referirse a la modernidad es hacer alusión al complejo de civilización que comienza a gestar a lo largo de varios siglos y que obtiene su cristalización a principios del siglo XVIII en Europa con la Ilustración y las revoluciones victoriosas.
Cuando se hace referencia a su crisis o agotamiento, es corriente escuchar el énfasis que se hace en los aspectos negativos de sus consecuencias. Algunos elementos que apoyan esta idea son los siguientes: desastre ecológico, tecnología y ciencia destructivas, armamentos nucleares, marginalidad social, crisis económicas recurrentes, etc. (Tourine, 1993; Berman, 1988). Otros teóricos hacen énfasis en el estado del conocimiento y la crisis de los relatos en tiempos en que la incredulidad total se enfrenta contra ellos (Vattimo, 1994; Lyotard 1993).
Estos reportes, poco refutables por cierto, llevan consecuentemente a la designación de esta época como posmoderna. He de reconocer mi convencimiento ante tales argumentaciones, sin embargo creo necesario apuntar que cuando nosotros nos referimos a la crisis de la modernidad no aludimos a lo que tales teóricos definen como posmoderno, si no mas bien nos referimos, siguiendo a Giddens, a la crisis de la modernidad temprana en contraparte del auge de este tipo de modernidad que nos asiste, que no es si no su fase de radicalización. Es decir, nos referimos a la modernidad radical (Giddens, 1993).
En efecto, compartimos que los relatos ideales de la modernidad temprana tales como la emancipación de la humanidad, la Verdad, el Progreso, etc., han caído en descrédito debido a los vertiginosos cambios que provocan los mecanismos de desanclaje implícitos en la lógica moderna tales como los sistemas de expertos y las señales simbólicas. Tales mecanismos de desanclaje, en términos de Giddens, como encargados de universalizar y separar tiempo y espacio, saturan al individuo de información. Este constante flujo de información universal dota al sujeto de una reflexividad sin precedentes en la historia y provoca con ello que las prácticas sociales, las convenciones, sean examinadas y cuestionadas constantemente a la luz de la nueva información (Giddens,1995). Así, bajo esta dinámica de reflexividad y cuestionamiento constante es que los "grandes relatos" que revelan "grandes verdades" a seguir, se desvanecen junto con la legitimidad de las instituciones que los pretenden impulsar. Es decir, esas rutas y convenciones que le son propuestas al sujeto institucionalmente, son rebasadas constantemente por la recepción continua de nueva información. Esto nos ayuda a entender el surgimiento de los nuevos movimientos sociales, nuevos modos de vida y nuevas formas de organización social que divergen de aquellos impulsados por las instituciones modernas.
Los mecanismos que aseguraban la legitimidad de las instituciones se han fundado en las ideas de emancipación humana estimuladas por ellas mismas desde un periodo temprano de la edad moderna, por lo que tenemos que estas fueron estimuladas y se comportaron como estimulantes de políticas de carácter trascendental-emancipatorias. Giddens se refiere a la política emancipatoria:
como una visión general, interesada sobre todo en liberar a los individuos y los grupos de las trabas que afectan adversamente a sus posibilidades de vida. La política emancipatoria implica(...): el esfuerzo por liberarse de las ataduras del pasado, permitiendo una actitud transformadora frente al futuro, y el objetivo de superar el dominio ilegitimo de algunos individuos o grupos sobre otros (Giddens,1995. Pp. 267).
De lo anterior podemos resumir que lo que interesa a la política emancipatoria de la temprana modernidad es reducir la explotación, la desigualdad y la opresión, de ahí entonces que dé importancia máxima a imperativos como justicia, igualdad y participación (Giddens,1995). Así tenemos que detrás de toda política emancipatoria hay un principio de autonomía.
Como ya dijimos líneas arriba, las instituciones en su edad temprana fueron estimuladas y se comportaron como estimulantes de tales políticas. Pero a medida que la modernidad se radicaliza y la dinámica del capitalismo favorece por su parte la expansión del yo individual surgen nuevas formas de política. A esta otra forma de política Giddens la llama "políticas de la vida".
Las políticas de la vida son políticas de opción, de estilos de vida, y que a su vez suponen cierto nivel de emancipación en los sentidos supuestos por las políticas emancipatorias: de la tradición y de las condiciones de dominio jerárquico. La política de la vida es una política de realización del yo en un entorno reflejamente ordenado, en donde esa reflexividad enlaza el yo y el cuerpo en sistemas de ámbito universal (Giddens, op.cit.).
Como definición formal, Giddens dice que:
las políticas de la vida se refieren a cuestiones políticas que derivan de procesos de realización del yo, en circunstancias postradicionales, donde las influencias universalizadoras se introducen profundamente en el proyecto reflejo del yo y, a su vez, estos procesos de realización del yo influyen en estrategias globales (Giddens,1995. Pp. 271).
El movimiento moderno que mejor refleja las características de las nuevas políticas de la vida lo constituye el movimiento feminista, así como el gay-lésbico en la medida en que dan prioridad a la cuestión de la identidad del yo. Pero no solo el yo se ve reivindicado debido a los mecanismos de reflexividad propios de nuestra época, el cuerpo, al igual que el yo, pasa a ser objeto de reivindicación y reflexión en las agendas de la políticas de la vida. Esto nos lo demuestra el gran numero de manuales prácticos relacionados con la salud, la dieta, la apariencia, la práctica sexual, etc. Esto es, argumenta Giddens, el cuerpo ha pasado a intervenir de manera mas inmediata en la identidad impulsada por el individuo.
La aparición de estas reivindicaciones del control del yo y del cuerpo no nos deben llevar a la idea de que hay un total abandono de los problemas políticos planetarios en favor de un refugio en lo privado. Bajo esta óptica las instituciones pierden legitimidad en favor de un apoliticismo de corte nihilista. Pensamos, por el contrario, que las preocupaciones políticas públicas y privadas se entrelazan y adquieren la dimensión de una búsqueda de bienestar común sin sacrificar el bien privado. Las preocupaciones de los grupos que se reúnen en torno a problemas tales como el armamento nuclear, la paz mundial, los derechos humanos, los derechos de la mujer y la devastación ecológica, nos lo demuestra. En Hermosillo durante los últimos diez años hemos sido testigos del surgimiento de movimientos como el barzón, ciudadanos en contra del CYTRAR, organizaciones feministas, grupos de varones profeministas, la Unión de Usuarios, y de otras ong?s que tienden a organizarse mas en función de los problemas que afectan directamente sus intereses inmediatos, como el derecho a vivir en un ambiente sano, tolerante, un precio justo para el pago de un servicio público (agua, luz, teléfono, etc.) y otros, que en función de metaproyectos futuristas; aunque estas no puedan desvincularse de los problemas globales, como ellos mismos manifiestan en sus demandas. Estas preocupaciones compartidas universalmente son las que reúnen agrupaciones de individuos que, en pos de alcanzar sus metas, abandonan los proyectos que las instituciones les ofrecen, deslegitimandolas.
Es precisamente en este desfase entre el carácter trascendental emancipatorio propio del discurso épico-político de las instituciones modernas y el carácter reivindicatorio del yo y del cuerpo estimuladas de la modernidad radicalizada, donde podemos comprender mejor, creo yo, el sentido de la actual crisis de legitimidad de las instituciones. Es decir, es en esta incompatibilidad entre preocupaciones mundanas y transcendentalismo metanarrativo como podemos entender este periodo crítico.
Conclusiones
Como hemos tratado de demostrar, creemos que la tan sonada crisis de legitimidad de las instituciones de la modernidad debe buscarse no solo en explicaciones la esfera de la cultura o de la política respectivamente. Si bien es cierto que tales explicaciones no tienen nada de simplismo teórico, lo es tambien el hecho de que tienen mucho de reduccionismo. Remitirnos a un análisis detallado de la modernidad y sus consecuencias para su explicación nos lleva a implicar en dicho análisis estas dimensiones y otras mas que se encuentran de manera implícita.
Como hemos señalado a lo largo de estas páginas, creemos que la reivindicación del yo y del cuerpo impulsadas por la modernidad radicalizada que nos asiste, revela intrínsecamente movimientos subversivos para las instituciones programáticas y fundamentalistas modernas, ya que sus exigencias mundanas, y por tanto profundamente universalistas, llevan a que su organización y búsqueda de consecución de metas se lleven a cabo al margen del Estado y de los partidos tradicionales, entes que reviven siempre fundamentalismos trascendentalistas. Estos movimientos y asociaciones que trastocan la legitimidad de las instituciones son las que Cornelius Castoriadis bautizó con el nombre de instituciones autónomas de la sociedad por su formulación de alternativas inmediatas que, mediante su transitar por rutas que llevan a atajos, resisten y sobreviven al asfixiante y alienante carácter de las instituciones modernas.+
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H. ELOY RIVAS SANCHEZ
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