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Viernes, 29 de julio de 2005

El viaje

Eran las 4 de la tarde cuando emprendía aquél viaje recóndito que me transportaría a un lugar extraño. El itinerario que tenía que pasar no era algo significativo, un montón de gentes deambulando bajo una efímero sueño. Mi suspicaz estado de animo no era el perfecto, no obstante, el relajarme significaba experimentar un estado catártico que me aprovecharía mejor que cualquier sesión terapéutica. El punto de partida simbolizaba un tratado circunstancial, donde se quedaba en el limbo cualquier interrogante de mi futuro del mismo.

El destino me llevaba a construir los imaginarios cotidianos, cada pasaje, cada persona reflejaba mis pensamientos e invocaba a ciertas reflexiones construidas desde la base de mis propias experiencias. Abordando el autobús- con una hora de retraso-, me siento junto a un joven de aparente estado solitario enclaustrado en su refresco y un libro que parecía ser interesante. Como temible paradoja de ese evento, quizá chocábamos bajo una misma circunstancia, un idealismo similar, un modo homogéneo de ver la forma de vivir. Mis interrogantes iban aumentando y mi capacidad racional se iba diluyendo. El joven parecía tener la misma intención. Cuando estábamos pronto a querer conocer nuestra dimensión de la situación, él había llegado a su destino. No se podía romper ese estigma.

A la mitad del camino, tuve que ir al sanitario del autobús, la mayor parte de los ocupantes estaban dormidos, en un estado que me hubiese gustado ser participe, sin tratar de imaginar un futuro sin pesimismo. Ahora el camino que me guiaba era el de una necesidad inmediata algo inerte a la propia naturaleza humana, desahogar mis orines-, si bien ese estado era una reacción paralela a mi creciente nerviosismo, a las preocupaciones de un existencialista, de un nihilista posmoderno. -qué me podía preocupar?-, todo estaba calculado.

A medida que se oscurecía mi efervescencia se iba desvaneciendo, mi solvencia tentada a descubrir nuevas propuestas intrínsecamente condensadas a la perpetuidad. Cuando eran las 7pm. Mi incesante desesperación me ubicaba en una situación anacrónica de mi propia existencia, pasando en cada pueblo encontraba simbolismos escondidos en cada uno de los habitantes.

El autobús avanza lentamente a mi destino final. Está escrito: ha concluido el viaje y los testigos directos son sombras que me acompañan. El pisar el destino y el estar dentro se extinguen como categorías inapelables, y en la ciudad de Valladolid se distingue otro cúmulo de gente, los que llegan aquí y los que utilizan este punto intermedio.

Transcurre tres personas inocuas y la desesperación ante la noches se hace más palpable y los gritos se adelgazan hasta el susurro.

Las luces se hacen cargo de la iluminación de aquella terminal. Poco a poco se va desolando aquello. En la salida voy en busca frenética de un cigarro que me pudiera aliviar aquella frenesí de expectativas. Nunca falta aquél indigente que va haciendo de la terminal uno de sus lugares predilectos para pernoctar. Un policía se acerca con la firme intención de realizar su labor.

-Desalojen aquí. No son dignos de estar en un lugar para gente.(sic.)
-Dan mal aspecto a los turistas.
-Ahuyentan al único ingreso de recursos de la ciudad: el turismo.

Dentro de una reflexión profunda no podía percibir otra constelación, era un pueblo donde vivían de la gran cantidad de remesas que eran enviadas por el gran número de lugareños que emigraban a otros lugares del país y del extranjero.

El paso más prometedor en la trayectoria errátil pero firme de mi destino final es introducirme a nuevas experiencias. Ante un escenario que no me era distinto a otros del país, se veían las mismas carencias, la misma alienación de sus individuos. Estos parecían comprimidos en un cajón en el que hay un enorme espacio; pero con un gran desorden, que hace de una gran envergadura, un sublime lugar para albergar su contenido.

Cuando compraba mi boleto para el punto final de mi partida, recuerdo haber olvidado una de mis maletas que me acompañaban. De repente uno de los muchos indigentes que deambulan la terminal, veo abrir mi maleta y en un gran despliegue físico, logro llegar antes que sucediera lo inesperado. En ese instante, su rostro convencional asciende a un enorme disgusto por haber pisado su territorio, y querer despojarle de algo que por reglamento le pertenecía. Me sentía un usurpador dentro de mis ideales, en un estado de policromía.

...El viaje estaba consumado, las pocas ilusiones se habían perdido al encontrar un ambiente arcaico, desolado; tan infame como siempre, después de una gran ilusión que me conduce a lo inesperado. Llego al mismo camino, que al cruzar sus senderos, siempre es la misma cotidianidad...

Lukas.

Por: Pablo | Cuento Story Conte | Comentarios (0) | Referencias (0)

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