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Martes, 12 de julio de 2005
“Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”
(Otto von Bismark, 1815-1898)
El otro día iba en mi coche, cavilando sobre las inconsistencias, las inequidades, las debilidades y acechanzas de la democracia mexicana (si es que hay algo que así pueda llamarse), cuando en plena autopista Querétaro-México, pasando la caseta de Tepotzotlán, en ese larga transición al periférico por los municipios conurbados del noroeste de la zona metropolitana, me sorprendió un anuncio espectacular con la imagen de uno de los candidatos al gobierno del Estado de México y un inmenso letrero que decía: “Sí, soy feo, pero sé gobernar”.
Alguien me había hablado de esa clase de anuncios, pero no le creía, así que al verlo no pude sino preguntarme ¿qué querría decir ese anuncio?, ¿para qué una propaganda electoral en esos extraños términos? Yo no sabría decirles si el candidato en cuestión es realmente feo (nunca me ha gustado juzgar sobre la belleza de las personas de mi sexo, terreno en que me siento incompetente e inseguro); pero en el supuesto caso de que el señor lo fuera, ¿para qué proclamarlo y anunciarlo de manera tan costosa y ostentosa?
Supuse entonces que en la pugna electoral alguien lo habría tachado de feo, o bien que su principal contrincante presume de guapo. Pienso entonces que, si este fuera el caso, la peor manera de responderle fue entrar en el terreno de su adversario, lo cual resulta completamente fútil e intrascendente, puesto que la frase del anuncio habla más bien de alguien acomplejado que de una persona con ingenio y seguridad.
Yo no sé si exista alguna relación entre apariencia física y éxito electoral, pero me atrevo a pensar que a la gente no le interesa mucho una cara bonita. Supongo que la mayor parte de las personas entienden que no se trata de un concurso de belleza. Tal vez aprecien más un discurso claro, fresco y convincente. Y en ese terreno la propaganda en cuestión, independientemente de la supuesta fealdad del candidato, habla de un sujeto impresionable y obsesivo. Así que inevitablemente me acordé de la imagen patética de Francisco Labastida, cuando en el debate entre los candidatos a la presidencia en el año 2000 dedicó gran parte de su alocución a quejarse de que Fox le había dicho “la vestida”, “mandilón”, “chaparro” y algunos otros calificativos insulsos e insidiosos, con lo que desperdició un tiempo valioso para las propuestas y el convencimiento, evidenciándose como un hombre apocado y sin ingenio.
También vino a mi mente la comparación con el político mexicano más feo del que tenga memoria: Gustavo Díaz Ordaz; a quien de cualquier manera detestábamos, no por feo, sino por malo, asesino y déspota. En esa persona la fealdad del rostro correspondía puntualmente a la fealdad del alma. Él representó la imagen más cruel y descarnada del viejo régimen priísta, a quien sucedería una saga de personajes parlanchines y falsos, vodevilescos, grises, perversos y mediocres, como podríamos caracterizar a Echeverría, Jolopo, De la Madrid, Salinas y Zedillo, que condujeron la lenta y angustiosa, pero inexorable, caída del PRI gobierno a partir de 1968.
El caso es que por la autopista se iban multiplicando los letreros, tanto del candidato que presumía de feo, como de su contrincante, pero aparecían otras frases, como una que decía: “Nunca seré guapo, pero seré buen gobernador”; que no es sino una variante de la anterior, con el añadido de que incluye una promesa: que nunca será guapo; de modo que se descartan cirugías, dietas, pomadas o menjurjes, lo que podría significar un ahorro al erario en el caso de que se cumpliera la segunda parte de la frase. Pero si el sujeto no llega a ser gobernador, pobre, porque no tendrá cómo compensar el sino de sentirse feo.
Pero la monotemática propaganda no paraba ahí, enfrentando al otro personaje en la contienda (el supuesto guapo), cuyos espectaculares se reducían a su fotografía (siempre la misma), con un sesudísimo letrero: “Tu gobernador”. Otros anuncios consignaban: “Lo mío no es posar, es gobernar”, aunque no pudo evitar el sacrificio de posar para la foto que aparecía con el texto. Y el ingenio seguía desplegándose en esperpénticos espectaculares, de modo que otros alertaban: “No soy un niño bien, soy un hombre de bien”. Esa frase sí que intentó ser ingeniosa. Seguramente se la elaboró un publicista caro. Empieza bien, desnudando al adversario, pero a mi juicio falla; el cierre resulta fresa y bobalicón, pues no deja de destilar envidia.
Aunque las campañas electorales se han convertido en carnavales publicitarios, y no una confrontación de ideas, proyectos, trayectorias y sensibilidades, no se miran ahora publicistas con filo y consistencia, como los tuvo Fox en el año 2000. En México hemos tenido escritores diestros en la tarea publicitaria, como Salvador Novo, autor de aquella cancioncita: “Siga los tres movimientos de Fab: remoje, exprima y tienda”, o nuestro queretano maestro Francisco Cervantes, que anunciando una de las primeras tarjetas de crédito acuñó la frase: “Tan efectiva como el efectivo”. Pero los políticos de hoy no son efectivos, aunque les encante el efectivo.
Ciertamente la democracia supone la vulgarización de la política, en tanto que ésta se convierte en asunto del pueblo, del vulgo, de la gente común, y no nada más del gobierno, de un grupo aristocrático u oligárquico. Pero en el horizonte político de nuestro país, sin un acuerdo fundamental que sustente un proyecto de Estado, como afirma Inocencio Reyes: “la vulgarización de la política sólo ha significado la vulgaridad de los políticos”, como hemos podido constatar en el Estado de México, con las trapacerías cometidas por el Instituto Estatal Electoral al contratar la compra de la paquetería electoral, o la reciente anécdota de las pelotas robadas de uno a otro candidato, con mentada de madre de por medio. Así que, por desgracia, la alternancia en México no ha significado hasta ahora, como dijera el mismo periodista queretano, sino el paso “de la república mafiosa del PRI a la bobocracia del PAN”, por lo que, en los términos de Alain Touraine, vivimos hoy “una crisis de participación, representación y legitimidad”. En estas circunstancias, lo peor que podemos hacer es dejar la política a los políticos; ello significaría permitir que nos gobierne su mezquindad, ignorancia y superficialidad. Tenemos que participar y ejercer la crítica.
Diego Prieto Hernández * 13 de junio de 2005
Por: Pablo | Artículos Articles Articles | Comentarios (0) | Referencias (0)
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